EL ODIADOR - WEIRD TALES (1924)

☠⚠️ Advertencia de contenido: Este relato describe escenas de autolesiones y descripciones sobre el acto de quitarse la vida, el proposito de esta traducción es la conservación de la literatura. Si estás pasando por un momento difícil, busca apoyo profesional.

EL ODIADOR 

Un fragmento de ficción lugubre.

Por B. W. Wilson  
Título original: THE HATER

Weird Tales | Volumen 3 | Número 2 | Febrero 1924

Pp. 75 a 78

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IVÁN KOBELEV estaba lleno de odio desde su nacimiento.

Siempre había odiado a alguien, algo. Parecía casi que no podía vivir sin odio. Toda su naturaleza era fría, burlona, saturada de odio.

Antes de poder caminar, ya lanzaba punzadas de furia impotente hacia los pequeños ojos porcinos de su gorda y bonachona niñera. Ella sólo se reía y pensaba que algún día sería un gran hombre.

Tan pronto como fue lo bastante grande para robar kopeks del monedero de su padre y echar sal en el samovar, Iván dirigió su atención antinatural hacia quien debía haber amado: su madre.

Pero ella aún lo amaba. Había rezado, cuando él se acurrucaba en sus brazos siendo un bebé diminuto, para que llegara a ser un gran hombre, bueno y justo. Todos los Kobelev habían sido grandes, pero ella rogaba que él fuera también bondadoso.

Pronto aquella oración le pareció extraña. Empezó a preguntarse cómo pudo pensar que había alguna bondad en el pequeño corazón de Iván, lleno de odio. Entonces sólo rezó para no vivir lo suficiente como para ver a su hijo hecho hombre; una plegaria extraña para una madre.

Una vez, mientras remendaba su pequeña camisa de lana a la luz del fuego, el niño, con una expresión diabólica en el rostro, tomó las tijeras y las arrojó directamente a su cara, abriéndole una profunda herida en la mejilla.

El padre de Iván rugió de placer, su barba roja temblando de aprobación.

—¡Ja, ja! —rió ásperamente—. Su primera sangre… y en la familia. Sigue así, Iván, hijo mío, y algún día serás un gran soldado como tu padre.  

Orgulloso, acarició sus rígidos bigotes.

Luego, con una especie de brutal amabilidad, habló a su esposa, que intentaba tímidamente detener el flujo de sangre con su pañuelo.

—No importa, Anna; el muchacho tiene espíritu y pronto será un hombre. Su país necesitará hombres así —su voz bajó un poco— cuando estemos listos.

Anna palideció, pero sabía que era mejor no hablar.

—Sí —continuó su marido con una sonrisa inhumana—, necesitaremos hombres como él. Hombres que puedan olvidar a sus familias, olvidar a sus esposas, olvidar todo.  

Rió: la risa ronca de quien sueña un mal sueño, una pesadilla.

Pero Iván no podía seguir siendo un niño para siempre. Creció, y con él creció más hondo y más negro su obsesivo odio. Ya no lo expresaba en actos abiertos de violencia. Había aprendido que podía causar más dolor a su madre con pequeños gestos de desobediencia, con un desprecio silencioso hacia su autoridad.

A veces, cuando ella lo arropaba por la noche, su cuerpo se volvía rígido al contacto.

—¡Oh, cuánto te odio! —murmuraba entre los labios tensos.

Así, tras unos años más, Anna Kobelev murió, llevando la cicatriz en su mejilla a la tumba. El médico dijo “neumonía”, pero el viejo Nitchkof, el sabio del pueblo, negó con la cabeza, dudoso y triste. Había conocido a Anna cuando era una muchacha.

Durante un tiempo Iván vagó de un lugar a otro, aturdido. El objeto de su odio había desaparecido, y su vida parecía carecer de propósito. Finalmente se unió al ejército y fue destinado a una pequeña guarnición en Siberia.

Era un buen soldado: sabía mandar hombres, y pronto fue nombrado oficial. Pero todos los soldados lo odiaban por su crueldad.

—Ah —decía a un aldeano traído ante él—, tus renos se escaparon otra vez ayer.

—Sí —balbuceaba el campesino, fascinado por el terrible brillo en los ojos del otro—, pero los soldados se llevaron parte de mi cerca para…

—Veinte azotes —ordenaba Iván con calma.  

Nunca imponía multas; no parecía importarle el dinero. Pero siempre estaba en el patio para ver cómo se ejecutaba su sentencia. Mientras la sangre rezumaba del lomo torturado de su víctima, congelándose en el aire helado, sonreía. Era como si alguna hambre interior se estuviera saciando.

Poco después de convertirse en comandante del puesto, Iván conoció a María Tchernov. María —la “florista”, como la llamaban los campesinos— tenía dieciocho años, un corazón ligero y un rostro sonriente.

—¡Oh, oh! —se burló cuando le hablaron de su comandante de corazón duro—. Muéstrenme a ese hombre cruel y lo domaré por ustedes.  

Sacudió alegremente sus rizos dorados.

Pero cuando lo vio, toda su picardía la abandonó.

—¡Oh! —exclamó, y huyó sonrojada a la cabaña de su madre. Allí, en su pequeña habitación, enterró el rostro entre las manos.

—Oh, madrecita —gemía—, no puede ser verdad. Es tan apuesto, tan alto…  

Su rostro se cubrió con una sonrisa tímida al levantarlo de entre sus manos, y con desafío echó hacia atrás la cabeza.  

—Y lo amo —terminó rápidamente.

Iván quedó desconcertado por la “florista”. Tal vez recordó vagamente a su madre… y sintió pesar. Pero no podía comprenderse a sí mismo. Ya no disfrutaba del sufrimiento ajeno. Lentamente el odio comenzó a abandonar su rostro. El brillo se apagó en sus ojos.

Los soldados lo notaron y se miraron unos a otros con comprensión.

—La pequeña florista —dijeron agradecidos— lo ha conquistado.

En Navidad se casaron, y Iván llevó a su pequeña esposa a vivir en la cabaña del comandante.

Era suave y tierno con ella. Nunca le permitía realizar trabajos pesados.  

—Tus manos son para jugar, María —decía—. Las mías —extendiendo sus fornidos puños— son para trabajar.

Así vivieron, pacíficos y tranquilos, mientras los aldeanos seguían con sus labores sonrientes.

—Nuestra pequeña florista ha cambiado su corazón —se decían unos a otros.

Ahora, cuando un ciudadano era llevado ante él, Iván lo miraba con bondad.  

—¡Así que tus renos se escaparon otra vez! —preguntaba con dulzura—. Qué lástima. Enviaré a los soldados mañana para que te construyan una cerca mejor.

Y así ocurrió que todas las aldeas comenzaron a amar a Iván y a María; los llamaban “los dioses florales”.

Poco después de que naciera su pequeño hijo de cabellos dorados, María comenzó a marchitarse. No enfermó, pero, como una flor hermosa, profunda y delicada, se fue desvaneciendo suavemente. Finalmente partió, con una sonrisa en el rostro y su mano estrechamente enlazada con la de Iván.

-75-

Con un sollozo, Iván salió a la nieve.

Durante días caminó solo por la tundra helada. Sólo por las noches regresaba al pueblo en busca de comida.

Quienes lo veían negaban con la cabeza.  

—Está volviendo —decían con tristeza—. Está olvidando a la pequeña florista.

Entonces, una mañana, Iván entró tambaleante en el pueblo, demacrado y exhausto.

—Reúnan a la gente —dijo con voz hueca, y los soldados notaron el antiguo brillo en sus ojos.

Escogió a uno de los hombres de entre la multitud —era el viejo Zenovief, el zapatero—, lo hizo despojarse de la ropa y atar al poste de los azotes.

—Veinte golpes —ordenó con voz ronca; pero la visión de la sangre lo enfermó.

—¡No! ¡No! —gritó tras unos pocos golpes—. ¡No puedo!

Le dio al hombre sufriente una pieza de oro y se retiró a su cabaña vacía. Allí se sentó, aturdido. Sabía ahora que ya no podía disfrutar del sufrimiento ajeno. María había matado eso para siempre.

—Ah, Iván —murmuraba una y otra vez—, ¡qué necio eres!

Luego, finalmente, con algo parecido a una sonrisa:  

—Ah, Iván, ¡cuánto te odio, cuánto te odio!  

De pronto, una luz se encendió en su rostro.

—¡Ja, Iván! —exclamó con exaltación salvaje—. ¡Puedes matar al que odias!  

El brillo en sus ojos centelleó y danzó.

A la mañana siguiente los campesinos lo encontraron colgado de una viga de su cabaña. Sus brazos estaban abiertos, y en su rostro había una sonrisa complacida, saciada; en sus ojos, un frío destello de odio, fijado allí para siempre.

✠═════ FIN ═════✠

-78-

"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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