El fino arte del suicidio - WEIRD TALES (1924)

☠⚠️ Advertencia de contenido: Este relato describe escenas de autolesiones y descripciones insensibles sobre el acto de quitarse la vida, el proposito de esta traducción es la conservación de la literatura. Si estás pasando por un momento difícil, busca apoyo profesional.

El fino arte del suicidio

Por Howard Rockey

Weird Tales | Volumen 3 | Número 3 | febrero 1924
Pp. 19-21

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No entiendo por qué algunos de esos locos que se quitan la vida no inventan una manera original —se quejaba Harry Judson mientras fumaba su pipa y comenzaba a preparar una página sensacional para el suplemento dominical.

Judson era rubio, de ojos azules, y tan corpulento como alegre por naturaleza. Fumaba una briar de olor penetrante que perturbaba los nervios olfativos del resto del equipo, y su principal vicio era gastar bromas inofensivas. Sin embargo, cada edición dominical del Times-Gazette era una amarga decepción para el afable editor. En su fértil imaginación siempre encontraba una forma más interesante de hacer las cosas que la que el común de los mortales parecía capaz de realizar en la vida real. Y, como resultado, los relatos sensacionalistas que su fantasía concebía se leían de costa a costa.

Los pleitos de divorcio eran su alimento; las debutantes y sus dificultades, su deleite. Los robos de joyas le fascinaban, y la fuga del maharajá de Goopholee con una simple mecánica de cocina lo sumía en éxtasis incontrolable. Por lo general, las “noticias” que publicaba como ficción nacían casi por completo de su ansia de lo extravagante, más que de cualquier base real. Pero Judson vivía y gruñía con la esperanza obstinada y eterna de que algún día alguien le ofreciera una historia auténtica.

Era una esperanza vana, quizá, pero persistente. A pesar de la monótona sucesión de pactos de muerte entre amantes y los rutinarios suicidios sórdidos de teutones melancólicos durante los días caniculares.

—Algún día —solía reflexionar en sus momentos más ligeros—, un genio inspirado vivirá o morirá una historia real para mí, con todos los adornos que hasta Poe podría desear, y no tendré que falsificar ni un solo detalle. Mientras tanto, la falta de romanticismo en la cosecha diaria de horrores casi me vuelve loco. Uno pensaría que, si un hombre decide abandonar este mundo, al menos intentaría hacerlo de manera dramática. Un poco de pensamiento inteligente podría hacer de su partida algo único, distintivamente individual, como dicen los anuncios de ropa elegante. Llevo casi doce años dirigiendo la sección dominical de esta hoja, y puedo contar con los dedos los métodos rancios y convencionales de suicidio. Veamos: gas, ahorcamiento, veneno, pistolas, corte de arterias, ahogamiento y la desagradable innecesaridad de lanzarse frente a un tren. Hay, por supuesto, variaciones y mejoras ocasionales sobre el procedimiento estereotipado, pero nunca he conocido un suicida moderno que muestre verdadera genialidad constructiva. Los antiguos lo hacían mucho mejor —Petronio, y luego Cleopatra, por ejemplo. ¡Esa muchacha tenía olfato para las noticias! Si viviera hoy, sería la redactora de reportajes mejor pagada de todo el maldito oficio periodístico, y los guionistas se volverían locos pujando por sus servicios. ¡Una mujer excepcional, sin duda! Pero ya no nacen así.

Judson suspiró, y su asistente soltó una risita mientras levantaba la vista de las pruebas de una serie titulada El sindicato del asesinato.

—¿Y qué hay de esos tipos que desaparecen sin dejar rastro? —sugirió el pequeño Sam Roberts—. Tal vez sean más ingeniosos de lo que tú crees.

—¿Sí? —gruñó Judson—. Puede ser, pero esos sujetos no proporcionan historias. ¡Maldita sea! No puedes esperar que siga inventando trucos por mi cuenta indefinidamente. Si de vez en cuando algún pájaro tuviera una idea real en la vida real, este trabajo no sería tan agotador. Deberían darle una medalla Carnegie al tipo que se le ocurra un método verdaderamente novedoso, sensacional, de primera categoría para quitarse la vida. ¡Yo mismo aportaría diez dólares para el fondo que le erigiera un monumento!

—Quedaría bien, ¿no? —prosiguió, dejando vagar su imaginación—. Una gran columna de mármol, con una réplica de la muerte en tamaño heroico. Una bonita placa de bronce en la base, con los detalles y la fecha. Y luego, tallado en la piedra, un titular de prensa con este tributo final:

“¡SU MUERTE FUE UNA MALDITA BUENA HISTORIA!”

¡Vaya epitafio!

—¿Por qué no lo intentas tú mismo? —propuso su asistente con una sonrisa traviesa.

—¡Demasiado ocupado! —gruñó el editor, volviendo a su diseño—. De todos modos, la idea tiene grandes posibilidades. Y algún día, cuando me canse de tus torpes errores y de todas las metidas de pata del taller de composición, puede que lo intente.

Pero el asistente seguía de humor bromista y le lanzó otra provocación:

—¿Por qué no inventas una idea completamente nueva, la patentas y, mediante el cobro de regalías, te haces millonario?

—Podría hacerlo —asintió Judson, moviendo la cabeza mientras sus ojos azules brillaban—. Podría iniciar un curso por correspondencia y anunciarlo en los periódicos de idiomas extranjeros y de pedidos por correo. Los inmigrantes caerían rendidos, y cada pareja de recién casados sería un suscriptor potencial con el tiempo. El matrimonio es como el whisky de mula: puedes soportar cierta cantidad, y nada más.

Con trazos amorosos, su lápiz azul bosquejó una introducción para el anuncio inaugural:

“¿Por qué vivir y sufrir, cuando puedes alcanzar la fama eterna y la paz perpetua convirtiéndote en un suicida sensacional y exitoso?”

—¡Eso los dejará helados! —observó su asistente.

—Nada mal, diría yo —comentó el jefe de arte desde su caballete en la esquina—. Ponlo en marcha pronto. Yo haré las ilustraciones, y el Señor sabe que necesito el dinero. El Ford necesita zapatos nuevos y al bebé le faltan patitos de trapo.

—Ten paciencia, hijo mío —rió Judson—. No me presiones. El verdadero talento necesita tiempo para desarrollar un golpe maestro. Pero, como núcleo de mi sistema superior de suicidio, ¿qué te parece este pequeño truco?

—¡Dispara! —lo animó su asistente—. ¡Los cabezas huecas están ansiosos por oírlo!

—Nada de cosas burdas —objetó Judson—. Todo debe ser decoroso, misterioso, desconcertante, como dicen los policías, y más melodramático que una atrocidad de seis rollos de cine.

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—Este pequeño truco que tengo en mente no requiere experiencia alguna —explicó Judson con aire de inventor inspirado—, y puede realizarlo fácilmente cualquiera en su casa, con la ayuda de una simple ventana, una navaja de bolsillo, un pequeño taco de madera, un hacha de cocina corriente y veinticinco centavos en globos de juguete.

—¡Llama al carro negro grande! —gritó Roberts fingiendo alarma—. Mejor pide al manicomio que reserve una celda acolchada con exposición al sol del sur.

—Me ofendes —replicó Judson, adoptando un aire dolido—. Solo he enumerado los materiales. Ahora viene el toque del artista. Primero levantamos la hoja de la ventana y echamos una última mirada al mundo exterior. Luego cortamos las cuerdas de la ventana con nuestra fiel navajita. Aquí entra en juego el taco de madera: en él clavamos una tachuela diminuta y atamos una cuerda. Después fijamos el hacha de cocina al marco inferior de la ventana, con el filo apuntando hacia abajo. Si la hoja no resulta lo bastante pesada para caer por sí sola cuando se retire el taco, hay que cargar su parte superior con unos cuantos ladrillos de chimenea, fácilmente obtenibles sin salir de casa.

—Ahora, compañeros suicidas, estamos listos para la entrada del protagonista —anunció con fingido dramatismo—. Como habrán notado por mi breve descripción de los elementos esenciales, sin gasto material ni complicaciones innecesarias se ha construido una guillotina perfectamente práctica y absolutamente confiable. Pasemos, pues, a los globos. Cinco o seis de esos inocentes juguetes tienen fuerza suficiente para levantar varios kilos en el aire.

—Siendo así —prosiguió con entusiasmo—, el suicida en potencia ata los pequeños globos multicolores a su cabeza, sujetando las cuerdas a sus orejas y cuidando de hacer los nudos bien firmes para que no se escapen antes de tiempo. Hecho esto, nuestro ingenioso héroe coloca la cabeza sobre el alféizar de la ventana. La hoja, recuerden, sigue levantada y sostenida por el taco. La cabeza, ya asomada al aire libre, permite que los globos se eleven hasta el límite de sus cuerdas y tiemblen expectantes en la brisa, impacientes como purasangres antes de la carrera final.

—¡Vaya final! —interrumpió el jefe de arte, pero Judson lo fulminó con una mirada severa. Luego, con una sonrisa caprichosa, hizo una pausa, y sus oyentes fingieron contener el aliento. Un muchacho de oficina, fascinado, se quedó mirando el rostro jovial del editor con los ojos muy abiertos.

—El suicida arrodillado tira entonces de la cuerda atada al taco de la ventana —continuó Judson—. Un leve tirón, y el obstáculo salta. En un abrir y cerrar de ojos, la ventana cae. Resultado: una muerte rápida y prácticamente indolora, según el método francés aprobado para exterminar criminales, prisioneros políticos y nobleza obsoleta.

—Pero hasta ahora solo les he contado la parte práctica. Ahora viene el verdadero toque de misterio y picante. La cabeza, separada del tronco por el filo del hacha, es llevada suavemente hacia el cielo por los globos, que comienzan a elevarse, arrastrando consigo el trofeo. Suben y suben, ligeros como un ave que se eleva sobre los tejados y se mece en el viento. ¡Imagínenlo, caballeros! La expresión divertida de esa máscara de muerte, los ojos sin vida contemplando la ciudad que ni siquiera sospecha que el miembro decapitado del suicida no es más que otro globo que se ha soltado, quizá de la mano de algún niño decepcionado.

—Y —prosiguió, cada vez más exaltado—, detrás queda la habitación donde no se ve señal alguna de violencia. Solo el cuerpo sin cabeza del difunto reciente. Únicamente el torso y las extremidades de mi alumno graduado quedan para resolver el misterio de la identidad de un hombre cansado del mundo.

—¡Vaya truco! —asintió Roberts, encendiendo un cigarrillo nuevo—. Te sigo perfectamente. Me imagino a la casera sorprendida, golpeando la puerta para cobrar el alquiler. Horrorizada por la tragedia, olvida incluso el dinero y despierta a los demás huéspedes. Todos se agolpan en el apartamento, seguidos por el policía del barrio, y todos hablan a la vez. Pero ni siquiera el agente de la ley logra resolver el crimen, si es que lo hay. Nadie vio entrar a nadie, nadie vio salir a nadie. La cabeza no aparece, y evidentemente ha sido llevada lejos. Los detectives se desesperan, el forense se vuelve loco, el público se estremece, ¡y los periódicos hacen volteretas de puro deleite!

—¡Lo has dicho! —exclamó Judson entusiasmado—. Te aseguro, hombre, que el plan es infalible. Cualquiera puede hacerlo, y nadie sabrá jamás la verdad.

—Un momento —lo interrumpió Roberts—. Has olvidado el inevitable desenlace. Después de horas o días, cuando el gas se agote, los globos descenderán. Supongamos que estallan o se desinflan sobre un bosque solitario o un lago, quizá incluso en alta mar. En tal caso, la cabeza se hunde sin dejar rastro, y nunca se descubre pista alguna del supuesto asesinato. Pero también podría caer en el regazo de una hermosa dama sentada en Riverside Drive, o en el saco abierto de un humilde trapero, llevándolo a prisión por un crimen que no cometió. O, por ironía del destino, podría caer por la misma chimenea de la que se tomaron los ladrillos para hacer caer la ventana. ¡Entonces volvería rodando a casa para reunirse con su antiguo cuerpo!

—¿Y qué si lo hace? —gritó el orgulloso inventor del sistema—. ¡Es magnífico, ocurra lo que ocurra! ¡Vale una nota de tres columnas en la primera página, con un diagrama estelar indicando el lugar donde se halló el cadáver! Supongamos que nuestro héroe entra en su habitación de incógnito, sin posesión alguna que permita identificarlo. El cuerpo no tiene marcas distintivas, las etiquetas han sido arrancadas de su ropa, y no hay ni una cerilla en los bolsillos. En tal caso, amigos míos, jamás se revelaría qué genio inspirado recurrió a esta práctica instantánea e intensamente pintoresca de autoejecución.

—¡Te ganas la medalla de cuero por pura idiotez! —opinó el jefe de arte, y el muchacho de oficina soltó un suspiro de alivio.

—¿Qué quieres decir con medalla de cuero? —replicó Judson, ofendido—. ¡Voy a escribir esa historia, y lo haré ahora mismo! Te daré unos bocetos para que hagas las ilustraciones, y programaré el relato. Será la mayor sensación dominical que haya tenido este periódico. ¡Le enseñará al mundo un par de cosas sobre suicidios!

—¿Cómo se te ocurre? —se burló su asistente—. No puedes publicar un cuento así. Te reirían en todas las redacciones desde aquí hasta el infierno y de vuelta, y hasta el público sabría que los estás tomando el pelo.

—¿Y por qué no? —replicó Judson, irritado.

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—¿Y por qué no? —preguntó Judson irritado.

—Porque es imposible —replicó Roberts—. Suena bien, te lo concedo, y quizá provoque una carcajada, pero el simple hecho es que no podría hacerse.

—¡Te apuesto cien a que sí! —exclamó Judson, sacando su billetera—. ¡Te demostraré que se puede!

—¿Cuándo? —sonrió Sam Roberts.

—Tan pronto como termine de escribir la historia —le aseguró Judson con seriedad—. Voy a redactar un diario *antemortem*, describiendo las sensaciones del suicida hora por hora, hasta el minuto fatal. Deja espacio para un recuadro que contenga esa parte, y lo insertas al último momento.

—¡Estás loco! —bufó Roberts—. Si no te conociera tan bien, creería que tu afán por las sensaciones te ha trastornado hasta el punto de que realmente estarías dispuesto a hacerlo… solo por conseguir una buena historia.

—¿Y no es ése el principal propósito en la vida de un editor de periódico? —replicó Judson, fulminándolo con la mirada—. ¿Acaso no daría cualquier periodista de pura cepa su vida por conseguir una historia tan buena como esa?

Y, con el tiempo, eso fue exactamente lo que hizo Judson.
Más extraño aún fue el hecho de que la sonriente cabeza del editor cayó, a través del tragaluz de la sala dominical, sobre el escritorio de Sammy Roberts.
De algún modo, parecía decir: “¡Gané!”, y Roberts asintió.

Luego levantó el teléfono y llamó a un fotógrafo del periódico para que subiera con su cámara.

—Tengo una foto sensacional aquí —dijo—. Justo para acompañar la historia que Judson había ordenado componer en tipografía.

✠═════ FIN ═════✠

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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."


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